"Ni a pata ni alpargata y menos a la Alcarria" Suplemento viajero cutre de The Adversiter Chronicle

sábado, 15 de julio de 2017

 

Viaje a ninguna parte

 

Sale el viajero dispuesto a patear un poco la ciudad, uno por deporte y otro porque se ha quedado sin saldo suficiente en su tarjeta de bono bus. Hace una mañana fresca y de verano y el viajero piensa en cómo pueden soportar temperaturas saharianas en otras partes...

El viajero aprovecha para ver fachadas ya que deberá acometerse una renovación de la misma. Le viene a la mente al viajero la fachada porque se ha encontrado con un vecino y charlaron sobre el tema, pero el recuerdo del viajero viaja a otra era, cuando los trenes partían del norte en reconversión y crisis, como ahora y en realidad el viajero se echa unas risas consigo mismo recordando que desde que tiene uso de razón siempre hubo crisis, es cierto que vinieron las vacas gordas y cuentas gordas con el capitalismo del ladrillo, hoy un recuerdo.
El viajero camina por la avenida y observa el parque donde paran los yonkis finos de la ciudad, muchos de la generación del viajero que entonces eran jóvenes peligrosos que te atracaban a la cola del cine o te apartabas de su lado cuando les veías venir con el colocón del caballo. Están demacrados pero han sobrevivido y conseguido de alguna manera tener ingresos, pero parecen cadáveres andantes la mayoría, desdentados y el rostro prematuramente anciano...
El viajero se apena al recordar una ciudad viva y comercial que ahora sigue siéndolo pero con locales cerrados, una especie de Chernobil cuando el viajero se para a mirar el interior de un local por el cristal, sucio y con carteles de que se alquila...
El viajero esquiva a un ya talludito joven que gambea por la acera con su bicicleta ignorando el carril bici. Sabe el viajero que uno no hace un ciento, pero hay ciclistas que deberían hacer un cursillo para andar en bici. Tal vez algo retrógrado, tal vez se hace viejo, tal vez, sólo tal vez se ve patético porque también él anduvo en bicicleta y ahora hace pedales pero su bicicleta no tiene ruedas pero el viajero está contento con su pequeña burra, como él la llama.
Poco a poco el viajero se acerca a su destino, una oficina del sistema que le ha puesto una vez más en busca y captura, pero eso ya no preocupa al viajero que ha llegado al paseo de la playa y cierra los ojos, y sueña, y recuerda durante tan sólo un segundo mientras sigue caminando rodeado de otros seres humanos que en una gran cantidad pasean obnubilados ante la pantalla de sus cachivaches digitales, el viajero también pero para escuchar música mientras camina a ninguna parte por la ciudad antes de llegar a su destino...
Está hermosa la ciudad vestida de verano.

jueves, 22 de junio de 2017

 

VIAJE AL TANATORIO

 

El día amaneció sin que el viajero tuviera intención de moverse de su rutina habitual, esa que a veces se interrumpe y se añora si se prolonga la ausencia, pero una llamada no por esperada menos inesperada le hace viajar a uno de esos sitios que el viajero sabe que a lo largo del viaje vital hay que visitar y visita ineludible cuando la muerte se lo lleve...

El viajero medita mientras se prepara sobre la muerte, lo efímero de la vida si se mira atrás y lo rápido que pasa cuando el camino por recorrer es un viaje más corto que el camino ya recorrido. Además es una hermana de su padre al que el viajero despidió en ese mismo lugar hace ya una eternidad aunque sólo hayan pasado un puñado de meses, mas la ausencia será eterna ya para el viajero que ha aprendido a base de despedir a seres queridos y amados que la muerte ajena es en realidad, pese al manto de la tristeza inconsolable, un momento para alegrarse de seguir vivo, claro que el viajero es consciente de que tal filosofía es posible que esconda el miedo y disfrace de valor la indiferencia, pero el viajero ya ha visto demasiados ataúdes que despedir y por otra parte le consuela el hecho de que la muerte es una constante en la ecuación de la vida...
El viajero viaja en autobús al tanatorio, en las afueras de la ciudad y aledaño al complejo hospitalario, en un enclave de parroquia rural donde la zarpa de la ciudad ya deja su huella, no con urbanitas, pero sí con mobiliario urbano que se anticipa al futuro de expansión de la ciudad cuando pasen las épocas de vacas flacas. Hay varias líneas de autobús que le llevan a su destino al viajero y elige la habitual, ésa que cuando el viajero no tiene prisa atraviesa la ciudad como un cuchillo y permite al viajero tomar el pulso a la misma, de recuerdos cuando recorría sus calles, de rostros que son recuerdos para finalmente recordar lo rápido que ha pasado, pero el viajero no se deprime, al contrario, encuentra más motivos para estar contento porque el viajero, mientras ve la ciudad a través de la ventanilla, cree que los recuerdos son en realidad la manifestación palpable de la soledad, inherente por otra parte a la condición mortal del ser humano, y la única salida es hacerse su amiga...
Se ríe para sus adentros el viajero mientras el pasaje sube y baja en las paradas, historias transversales a la historia del viajero que recuerda ahora a quien va a despedir, sin mucho trato diario y casi ninguno en realidad, pero recuerda ser niño, pasear con quien ahora es cadáver listo para su procesamiento de la mano, de jugar en su casa, recuerdos que de súbito afloran a la memoria, de consuelo pensar que ha descansado porque el cáncer no descansaba nunca y la había condenado prematuramente...
El viajero se apea, observa el hospital, recuerda como si hubiera pasado una eternidad despedir a su padre y llevar a su casa en coche a su tía, hermana del mismo. Hoy el viajero acude a despedirse de ella y mira al cielo encapotado de verano y de reojo al hospital, antesala a veces del tanatorio y el viajero, aunque triste y melancólico de una nueva ausencia, cierra los ojos y se alegra de seguir vivo, de continuar el viaje a ninguna parte salvo morir que es la vida...

sábado, 4 de febrero de 2017

 

Por la ciudad en autobús municipal

 

El viajero ha dormido poco pero abre los ojos diez minutos antes de que suene el despertador, siente el viento aullar y la lluvia la ventana golpear, es aún de noche y el viajero se hace el remolón hasta que suene la segunda alarma, cosas del viajero que no es capaz de despertar de la primera, pero al fin se sacude la pereza somnolienta y se levanta.

 

El viajero prepara un café y lo toma observando la calle, pensando que es la primera vez que madruga para tomar el autobús municipal desde hace años, tantos como tiempo tuvo coche, pero el viajero ha prescindido del mismo y ahora es peatón. La ciudad se vuelve incómoda para los vehículos particulares con carriles bici que comen aparcamientos y los intentos de peatonalizar una ciudad que no es vetusta sino moderna y el viajero siente añoranza de tiempos pasados que siempre son mejores que los presentes porque los recuerdos sólo se recuerdan si son buenos y se entierran si son malos...

 

Sale el viajero a la calle, aún nocturna porque no hay luz y de súbito deja de llover y de ventear mientras clarea. Hay que recorrer un trecho para coger la línea que interesa al viajero y mientras cruza semáforos ve que pasa un bus, el suyo, y se mentaliza de que habrá que esperar diez minutos, que al viajero le parecen muchos pero al embargarle esa sensación da hastío mezcla de aburrimiento y pesadumbre sabiendo que habrá que esperar, sin marquesina la parada, sin café para tomar en un bar porque es temprano y está cerrado el local...

 

El viajero llega a la parada, un poste con horarios y ruta del autobús, se entretiene mirando precios de la cafetería cerrada porque si se para a pensar recuerda el viajero ser niño y esperar el autobús escolar, con aquella niña que también lo cogía y a la que nunca dijo nada en todos aquellos días que juntos esperaban el autobús. La recuerda porque la ha visto hace poco, pero es incapaz de recordar cuándo, paseando por la calle, ya mujer como el viajero hombre, pero reconoció su rostro. El viajero vuelve a la realidad y llegan a la parada dos mujeres que deben conocerse de a diario y el viajero percibe que ya falta poco para que llegue, se siente novato y algo idiota por perder el primero y estar esperando pero disfruta de la calle que se despierta, los sonidos y el ambiente húmedo de temporal de viento...

 

Sube el viajero al autobús, repleto de trabajadoras muchas de ellas en el hospital donde termina la línea, logra encontrar asiento y aunque siguen subiendo mujeres en cada parada, no cede su asiento, no le sale o no le apetece porque está a gusto sentado viendo transcurrir el asfalto por la ventanilla, escuchando sin querer las quejas de una mujer que dice que le ha costado levantarse esa mañana, pulso obrero de mañana en la ciudad. Se suceden las paradas, ajetreadas a esas horas y el tráfico ya está presente en las calles. El viajero no echa en falta tener coche, últimamente no disfrutaba conduciendo salvo de noche, la gente en coche parece que tiene prisa y una rotonda es una incógnita porque la mayoría no saben usarla, las bicicletas pese a los carriles, flamantes carriles bici, siguen gambeando entre los coches y saltándose semáforos. Por otra parte el viajero estaba harto de pagar por aparcar, por circular, por asegurar, por revisar, una fuente de ingresos para el sistema de la que el viajero estaba saturado, sabe que un día se levantará y deseará volver al volante, pero está en modo peatón y disfruta de sensaciones perdidas y le encanta palpar el pulso de la ciudad y sus habitantes en el autobús municipal.

 

El viajero se apea, sigue sin llover aunque el agua fluye por las alcantarillas y desagües. Se ajusta la chaqueta y se va a buscar a su sobrino al que llevará al colegio y que será su primer viaje al mismo en autobús, una iniciación que tal vez cuando sea tan veterano como el viajero recuerde en una ensoñación, en un pensamiento en la parada del bus...

martes, 15 de septiembre de 2015

 

RIO QUENTE

 

 

 

En el Estado de Goiás de América del Sur, concretamente en Caldas Novas, vivía don Bartolomeu Bueno da Silva, allí tenia su gran familia y una granja de lo que vivía toda su familia, poseía grandes terrenos para alimentar sus animales, poseía un gran rebaño de vacas y caballos.

En un rincón de una finca cuando segaba la hierba con su maquina segadora notaba un sonido extraño una y otra vez, le daba mucho para pensar.

Un día se presentó con sus dos hijos mayores y su cuadrilla de empleados, con la idea de explorar que había en el subsuelo de esa finca.

Su idea era que podía descubrir una mina de plata, en el Estado de Bolas se descubrieron minas de oro, plata y piedras preciosas, y el pensaba que allí había alguna cosa extraña por el sonido que emitía su segadora.

Sondearon un día y otro hasta que se llevó la sorpresa mayor que podía esperar.

Don Bartolomeu fue el pionero de adquirir ese tesoro en su finca, el tercer día de la exploración salio con una fuerza inusitada un chorro de agua muy caliente, y es que habían encontrado que debajo de la tierra corría un río de agua de altas temperaturas, exactamente la primera que salió con el impresionante chorro tenia 67 grados centígrados.

Pasó los informes al Gobierno, comenzaron los tramites para su exploración, adquirió una gran partida de terrenos al lado del suyo, trasladó su vida y la de los suyos y su granja a este lugar.

Lograron con su extensión y maquinaria dividir el agua del río en varias direcciones de su finca, rebajar las temperaturas del agua dirigiéndola a diferentes piscinas construyendo 19 seguidas unas de otras y de distinto tamaño.

Fue creando unas y otras, para niños, para jóvenes y para mayores, instalo dos de ellas especiales en forma de pozos, donde el agua estaba a 40 grados, a una de ellas le puso el nombre del Gobernador y a la otra el de la Gobernadora sin especificar quien eran, de esta forma siempre llevarán los mismos nombres.

Dos años tardó en construir un complejo turístico nunca encontrado en el mundo, y unos meses más en ponerlo en marcha.

Si tenemos la suerte de disfrutarlo aunque sea solamente una vez deja recuerdos inolvidables.

En el año 1991 tuvimos la suerte de visitarlo, viajamos hasta Río Quente por cinco días, desde Sao Paolo, y no podíamos imaginar lo que íbamos a conocer.

Nuestro primer asombro fue entrar en una piscina, tenía en el fondo arena roja, al pisar en la arena notábamos un cosquilleo que nos sorprendió gratamente, era que el agua limpia brotaba despacio desde el fondo, el efecto era súper agradable, se notaba el fino movimiento de la arena en la planta de los pies.

En una de las piscinas instalaron una gran sombrilla construida con las ramas de la caña de azúcar, una barra donde dos o tres camareros servían bebidas y zumos de frutas tropicales, así como pinchos exóticos que sabían a gloria, altos taburetes los encontrábamos anclados dentro del agua.

Otra piscina estaba continuamente para jugar en ella, con animadores que orientaban a los bañistas, hacían concursos y la gente se divertía a lo grande.

La Sauna de Vapor tenía capacidad para 375 personas era, enorme, sus bancos eran de piedras de colores así como sus muros, de entre las piedras brotaban ramas de eucalipto, y en el centro hay un enorme árbol de este producto con hojas de colores que despedía un aroma especial, es salud para los asmáticos, para catarros y para sanear los bronquios, salud cien por cien.

También construyeron un gran hotel, un restaurante compuesto por un buffet donde nos servíamos a nuestro gusto, mas tarde un segundo hotel y un tercero mas, lo mismo para el desayuno que para el almuerzo, como alimentos eran de una gran variedad, en dulces, verduras, pastas, legumbres, carnes, y pescados, todo ello producido en las mismas fincas del complejo, era tan abundante y amplio el horario que a partir de las seis de la tarde se cerraba , bien seguro que no era necesario una cena.

La decoración era preciosa, cada día se cambiaba, y toda consistía en adornos de flores y frutas tropicales, mostrándonos figuras distintas y maravillosas.

En una acera que continuaba alrededor de los hoteles, construyeron edificios de muy poca altura, se componían de dos pisos y un bajo comercial cada uno de ellos, seguidos unos de otros, en los pisos vivían cada uno de los hijos de Don Bartolomeu y sus familias, también sus empleados con los suyos, creó con su industria muchos puestos de trabajo, dio mucha vida a aquellas tierras que antes fueron solamente de hierba para pastar sus ganados.

Las tiendas en cada una de ellas había para comprar toda clase de artículos, como bañadores, toallas y toda clase de accesorios para deportes, en la mayoría lo que había era toda clase de joyas, diamantes en bruto, diamantes pulidos, esmeraldas, rubíes, piedras preciosas y semipreciosas y de objetos maravillosos, así como recuerdos de aquellas vistas tan fantásticas, todos estos artículos los transportaban de las minas del Estado de Goiás, minas que se encuentran cerca de Río Quente, Sao Paolo, de Brasilia y de grandes ciudades cercanas, por lo tanto acude muchísimo turismo, los fines de semana y festivos está a rebosar de gentes que van con sus familias a disfrutar y a descansar.

Siempre existe sol y calor, así que incluso en el invierno suele estar muy concurrido.

No se puede andar con dinero en el bolsillo, ya que todos éramos turistas de bañador, ¿Cómo entonces se podían hacer compras?

Esto si que es sorprendente y fantástico, crearon un Banco donde entregaríamos los cruceiros o dólares, nos los cambiaban por sartas de plástico de varios colores, cada color significaba un valor diferente, esas sartas iban engarzadas unas con otras, se colgaban del cuello, como es normal al ir haciendo compras o pagar en la cafetería el collar menguaba, hasta que se convertía en una pulsera y mas tarde en un anillo, esto a me dejaba tan asombrada que no lo podía ni creer de verme unos días en un lugar así.

Tanto a mi marido, a nuestros amigos Teresa y Pedro como a mí, nos despertó en grande querer saber la historia de un lugar que hasta ese momento había sido desconocido para nosotros.

Llegamos a saber que todo lo que existe en ese bello mundo es producido en Río Quente.

Disponen de su propia emisora de televisión, prensa, una biblioteca para relajarse leyendo, una guardería infantil al aire libre, un gran lago donde se recoge el agua de la lluvia, convirtiéndola en agua potable y fresca para el ser humano, campos para el ganado de leche y de carne, una enorme granja avícola, huertas para recoger legumbres y verduras, exóticos árboles frutales de productos que no conocíamos y muchos más.

Existen toda clase de alimentos que el ser humano puede desear y que se necesita para una vida sana.

Es un lugar único en el mundo para pasar unos días de ocio, descanso y relax, además de saludable y hermoso.

Caridad Santamarta

sábado, 22 de febrero de 2014


 

 

Auténtica edición de lujo con la colaboración de la escritora Caridad Santamarta (Spain) que una vez más nos agasaja con uno de sus escritos para deleite de los lectores y lectoras de The Adversiter Chronicle.

 

Un saludo y agradecerle una vez más su gentileza permitiendo que disfrutemos y compartamos su alegría de vivir que se convierte en placer de lectura y gozar del privilegio de su amistad.

 

Sin más preámbulo, con todos ustedes: Caridad Santamarta

 

 

 

VIAJE DE ENSUEÑO*

 

A lo largo de una vida suceden cosas que no esperamos, a veces se llega a la realidad de cumplir un sueño, o una ilusión que se ha tenido durante un tiempo, otras ocasiones se presentan sin haberlas soñado ni haberlo deseado nunca.

 

Algo de esto me ha pasado a mí, nunca imaginé que haría un viaje que resultaría tan interesante y que fuera a ser inolvidable.

 

 

 

Durante más de un año estuvieron invitándonos a mi marido y a mi, unos amigos a visitar su país, (amigos que tratábamos solamente por correspondencia durante veinte y cinco años) Sao Paolo (Brasil).

 

 

 

Todo lo que viajamos por esa parte de América nos gustó muchísimo, porque tuvieron la osadía de llevarnos a todas partes que creían ser interesantes de visitar.

 

Desde esta gran ciudad hicimos una excursión a Foç de Iguazú para visitar las cataratas.

 

De Sao Paolo salimos por la noche en un autobús, nos llevaría veinticuatro horas de viaje, sería pesado, pero valía la pena.

 

Cuando llegamos a Foç de Iguazú nos alojamos en el hotel Carimáx, donde después de ducharnos bajamos al restaurante a cenar y pudimos descansar.

 

 

 

Despertamos temprano y tomamos un autobús local, Pedro y Teresa querían ir con tiempo suficiente para poder ver todas las cataratas, incluyendo las que quedaban del lado de la Argentina.

 

Fue una experiencia maravillosa.

 

 

 

En el Parque Nacional del lado brasileño existen doscientas setenta y cuatro, era un espectáculo fascinante, ver tantas caídas de agua tan cristalina y azul que se ofrecían a nuestra vista, nos gusta mucho la naturaleza, pero jamás pudimos imaginar que contemplaríamos un lugar tan hermoso.

 

Nuestra vista no alcanzaba para visitarlas todas, por los accesos que teníamos para pasar por los verdes senderos y pasarelas construidas de madera, y para verlas todas y contemplarlas desde la altura también, subimos en un ascensor todo de cristal.

 

 

 

De esta forma no nos quedó sin contemplar ni una siquiera, nos dábamos tiempo para fotografiar tanta belleza.

 

Era todo un contraste fascinante, ver caer el agua transparente, tan limpia y tan azul, de tantas cascadas de diferentes alturas, algunas de ellas llegan a los ochenta metros de altura, y abarcan un ancho de tres kilómetros, sobresaliendo de tantos terrenos de un verde limpio, y que tan solo se movía con la fuerza del agua, lucían varios Arcos Iris a la vez, por su cantidad y fuerza del agua en contraste con el sol.

 

 

 

Este Parque Nacional esta declarado como Patrimonio de la Humanidad por La UNESCO y catalogado como una de las siete maravillas del mundo.

 

 

 

Tomamos otro autobús pasando por el Puente de La Amistad para visitarlas por el lado de La Argentina.

 

En este Estado solamente existen ochenta y seis, pero son aún mas bonitas, a pesar de que el agua es un poco turbia porque baja el agua con mas fuerza.

 

 

 

Por una pasarela construida de madera llegamos a la orilla de la mayor catarata, llamada La Garganta del Diablo.

 

Lleva ese nombre por la forma en que baja el agua, no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta, de que tiene la forma de una boca muy grande y muy abierta de un enorme animal, resultaba asombroso.

 

 

 

En esta catarata es donde con mas furia baja el agua, muy cerca quedan los ríos Iguazú y el Paraná.

 

Cuando estos dos ríos se unen da la impresión de estar contemplando el mar, tiene nueve kilómetros de ancho, llegan a la Central de Itaipú la mayor Central Hidráulica del mundo.

 

Todo ello es un paraíso de agua en Foz de Iguazú.

 

No debo seguir con el relato, seria muy largo de contar, fue una experiencia tan maravillosa que jamás podré olvidar.

 

Caridad Santamarta

*publicado con autorización de la autora

 

http://www.caridadsantamarta.com/

 

martes, 27 de agosto de 2013

 

 

Viaje a Argüero, Villaviciosa

 

La noche antes el viajero fuma un cigarro en la ventana mientras otea el cielo iluminado de luces de ciudad y espera que no llueva, ya le baja la moral tener que ir a una misa por el alma de un familiar. El viajero no es amigo de misas y funerales salvo los imprescindibles pero no puede negarse a ir...

 

Amanece buen día y el viajero emprende el viaje tras haber desayunado, duchado y leer titulares de prensa. Decide ir hasta Villaviciosa por la autovía y luego ir paralelo a la ría para llegar al Gobernador y seguir hasta la parroquia de Argüero.

 

El viajero fue en su juventud carne de estaciones de autobús, de ver pasar por la ventanilla mientras trataba de dormir despertando a cada bache o con el crujir inquietante de las marchas rascando, penumbra de vídeo en la tele y el murmullo de la radio escupiendo noticias deportivas que permitían al conductor concentrarse en su trabajo...

 

Al viajero le han embragado estos pensamientos porque ha llegado a Argüero y resulta reconfortante ver a un lugareño en la terraza del chigre y conocerle, esa sensación de llegar a casa que se añoraba en tránsito nocturno a ninguna parte o de tardes pasando por localidades ribereñas a la carretera nacional en que fugazmente pasaban personas sentadas en otras terrazas pero desconocidas y que rápido pasaban por la retina, al menos tan rápido como veloz era el autobús...

La misa es a las seis y sorprende al viajero la cantidad de beatas y algún otro beato. El cura es insolentemente joven, motero, barbudo y sin llegar a melenudo. Trata de ser profesional en su monserga sermoneada y utiliza metáforas cuando menos subversivas si las hubiera sermoneado hace sólo veinte años y el viajero se imagina al joven sacerdote en Centroamérica en los 80´s. Es un cura temporal a la espera de que venga el nuevo titular, del que dicen que es del Opus, pero nadie sigue la conversación al viajero cuando trata de enterarse de algo...

Sale el viajero de misa harto de levantarse y sentarse, escuchar gorgoritos de letra litúrgica, las metáforas del barbas y perder un aurelio que echó al cepillo, más que nada por el qué dirán que por devoción, pero el viajero se distrajo durante la media hora de liturgia contemplando la iglesia, su techo de madera, las figuras de santos y vírgenes...

Tras despedirse, el viajero para en El Recreo a tomar un café y saludar a conocidos que fueron durante años sus vecinos, el viajero siente el calor humano de los presentes y echa de menos por un instante a sus amigos Pipo, Mino y Caballa, que le fueron dejando a medida que le dejaban conocerles.

 

Pero ya hay nuevas generaciones pidiendo paso y el viajero emprende el regreso no triste, pero sí algo melancólico. Para a repostar en Venta Las Ranas y sigue la sinuosa carretera para coger la autovía en Quintes, o Quintueles aunque en realidad la entrada a la autovía está entre medias...

 

El viaje transcurre en pensamientos de recuerdo, de las guerras del agua y el bus de las 08:00, de cenas y parrilladas, de noches de billar en dudoso estado cognitivo, de charlas y tertulias...

 

El viajero llega a casa, enciende un cigarro, se asoma a la ventana y mira las estrellas que se ven en Argüero porque las luces de la ciudad no permiten verlas brillar...

 

 

 

miércoles, 15 de mayo de 2013

"Ni a pata ni alpargata y mucho menos a la Alcarria", suplemento viajero cutre

 
 
Suplemento viajero cutre de The Adversiter Chronicle
Viaje a Villaviciosa
El viajero no se levanta ni temprano ni tarde, a esa hora maldita de despertar para ir al trabajo donde la tentación de seguir durmiendo o alegar migraña craneoencefálica para escabullirse un día ojos de los superiores es rabiosamente tentadora al calor furtivo del último minuto bajo las mantas…
La previsiones anuncian día de lluvia y lo cierto es que a primera hora de la mañana el cielo está gris e incluso han bajado ligeramente las temperaturas.
El viajero se consuela pensando durante el trabajo y oteando furtivamente las ventanas que le espera un apacible viaje a la villa de Villaviciosa pero ya le pilla la lluvia a la salida camino del coche y prefiere tomar la autovía al menos en el viaje de ida y quedar en suspenso el de vuelta ya que si acompaña el tiempo le gustaría volver por la carretera nacional, una serpiente de asfalto con tramos mal peraltados pero un paisaje sencillamente donante de serenidad para el viajero calmado, una porque al viajero no le gusta correr y piensa que matarse en la carretera por correr es una estúpida forma de morir, por otra parte las señales de velocidad son claras y no permiten pasar de sesenta en mucha parte del sinuoso trazado.
El viajero va a noventa por hora, cien como mucho. Uno porque el coche es utilitario y otra porque el viajero gusta de escuchar música mientras se relaja con el paisaje a la vez que disfruta del placer de la conducción.
No hay mucho tráfico, es hora ya de almuerzo para el obrero, y sólo unos camiones son sus encuentros en la conducción más varios coches que pasan zumbando.
El viajero recuerda otros viajes a la Villa, a Lugás… Jornadas que empezaban temprano en la sinuosa carretera nacional que se salpicaba de camiones, tractores y un viaje fatigoso para el conductor y tedioso para el viajero…
 
Lo que no le gusta al viajero es que no puede apreciar la belleza del valle de Peón ya que su altura en el asiento se lo impide y anota mentalmente hacer el mismo viaje pero en autobús desde cuya atalaya de pasajero se tiene una preciosa vista del paisaje a medida que se cruza el viaducto, de pilares majestuosos e imponentes si se observan en el fondo del valle.
El conductor no deja de sorprenderse del enorme túnel partido en dos que atraviesa la montaña y disfruta de la música observando de reojo un cielo cada vez más gris.
La radio escupe noticias y noticias sobre la crisis económica, crisis de poder adquisitivo para caprichos y cosas mundanas que nunca darán la felicidad y sin embargo han hecho infeliz a todo un país y parte de un continente…
 
El viajero llega a Villaviciosa y camina hacia la Plaza del Ayuntamiento. Están los mariscadores de protesta perenne de miércoles de mercado. Las pancartas destilan rabia, impotencia y la sardónica ironía de gracejo astur como esa en que demandan cambiar el puesto al alcalde y concejales.
La ría presenta síntomas de necrosis y los mariscadores presencia de ánimo. El viajero puede imaginarse a los mariscadores de concejales pero le cuesta imaginarse a la mayoría de la corporación trabajando de mariscadores. Las lorzas son incómodas para agacharse y las uñas cuidadas de los pies no son aptas para sumergirse en la basa.
El viajero fuma un cigarro mientas espera compañía y piensa que los mariscadores son utilizados y cuando dejen de ser útiles les sacrificarán como se hace siempre en estos casos. La ría da bocanadas reclamando asistencia médica y aquí se discute quien produce más mierda animal o humana, quien caga más a la ría y nadie mira que ya es tarde para una culpabilidad que es de todos. La ría necesita voluntad sin fisuras y sólo se discute subvencionar una actividad que se extinguirá con el ecosistema…
El viajero no quiere ser demasiado ecologista cuando el ecologismo se ha convertido en otra institución del sistema, otra cosa corrompida más inherente a la actividad humana...
 
Está tomando convidado el viajero a un vino por un viejo kameraden de batallas ganadas y guerra perdida sólo que el kameraden supo cambiar a tiempo de bandera y lealtad.
No hay nada de malo en ello, pero el viajero no termina de acostumbrarse a que nadie se cree prescindible o la hora de renovar puestín.
Escucha el viajero argumentos de miedo de una guerra encarnizada que se aproxima y siente pena de su exkameraden, cagado de perder su puestín por culpa de estrategia política…
 
Se despide el viajero, sin rencor y sí pena, de ver una vez más la naturaleza humana imponerse a la ética, pero el viajero sabe que los milicianos siempre serán al fin ciudadanos acabada la guerra y se impone lo mundano sobre lealtades y morales. Siente envidia el viajero ya que un mercenario sólo ve la paz como el preludio de otra guerra y ya presiente las batallas que se librarán, incruentas pero que causarán daño…
 Para el viajero en el Hotel La Casa España y se toma un café. Aún le queda una tarde de trabajo por delante instalando un ordenador. El viajero confía en que su madre por fin decida conocer los misterios desvelados de la informática y salga de su aislamiento voluntario al irse el amor de su vida. Ha pasado el tiempo pero el viajero ha visto durante el mismo como su madre se marchitaba de pena y dolor…
Quiere pensar el viajero que para su madre también ha llegado la primavera y el dolor sea una cicatriz dolorosa que no le impida disfrutar de la mucha vida que le queda. El primer paso es que el viajero le arranque el ordenador y es un trabajo ya que llevará sus buenas par de horas.
El viajero de regreso al coche pasa por delante de la Casa de los Hevia… Bueno, lo que han dejado que parece un feo mazacote adosado a una casa antigua. Al igual que pasa con la ría, a nadie le preocupó de veras perder un patrimonio histórico así que por qué iban a preocuparse por un patrimonio natural…
 El viajero regresa por la carretera nacional ya que la tarde está soleada y la carretera seca. Disfruta del paisaje hasta Venta Las Ranas donde echa gasolina, poca, que no son tiempos de quemar gasofa.
Han prohibido los adelantamientos en gran parte del tramo a la ciudad aunque en el cruce de Quintes y Quintueles, tanto monta monta tanto, coge la autovía para entrar en la ciudad.
El viajero aparca, llega a casa, ordena sus papeles y enciende un cigarrillo que cantaba el Sabina y una vez más se maravilla de la Villa. Es un sitio con duende, que te enamora por poco que te asomes al concejo…
El viajero fuma en la ventana mientras se nubla el atardecer y piensa que es urbanita pero se siente dichoso de saber disfrutar del paisaje urbano, el paisanaje rural y la tristeza ante la degradación de una ría parte del paraíso natural…
 
 
 

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Ni a pata ni alpargata y mucho menos a la Alcarria", suplemento viajero cutre

 
Suplemento viajero cutre de
The Adversiter Chronicle
El viajero no logra conciliar el sueño. Le atrae la idea de visitar la Cuenca Minera con su paisaje urbano lineal y las calles que se pateó con un familiar desahuciado de cáncer, la liturgia de los mineros en los chigres, escasos y enfermos pese a que algunos son terriblemente jóvenes. La juventud perdida entre una industria en extinción, las drogas y sentimiento de gueto con historias de familiares muertos en la mina o jóvenes mineros   muertos en la carretera. La compra del cupón para visitar al familiar postrado. Paisaje alterado por la autovía y la burbuja inmobiliaria que creó dos orillas urbanas, una moderna, dinámica donde los monos de faena han sido sustituidos por moda consumista. Y la otra orilla, al pie de vía de casas de paredes desconchadas, de carretera general por centro urbano, de esquelas de huelgas y manifestaciones, del alma de un mundo que ya no existe…
 
Es la otra parte del viaje la que induce a la pereza viajera. Por disponer de tiempo debe el viajero adecentar y dejar en estado de revista las lápidas de algunos de sus muertos.
Al viajero no le fascina la muerte a la que ve como un negocio terrenal más. El viajero aprendió hace una eternidad que los muertos deben llorarse en recogimiento íntimo y que venerar un montón de restos en un lugar acotado es otro parque de atracciones más, pero miente el viajero si piensa que no le afecta… Sentimientos encontrados que hacen al viajero levantarse a esa siempre inoportuna sensación de orinar en noches de vigilia inesperada cuando más se necesita dormir para estar fresco al día siguiente.
El viajero vuelve a la cama con reconfortante sensación de alivio y se acurruca ya sí cansado y deseando dormir, el ruido de la ventana indica que deben ser cerca de las seis y así se queda dormido mientras barrunta mentalmente que hasta las diez que suene el despertador sólo quedan cuatro horas y que la mañana en el cementerio puede ser agobiante como una mañana de resaca, pero finalmente se queda dormido mientras la radio escupe el primer noticiero de la mañana…
El viajero se desplaza al cementerio como copiloto. Al viajero le gusta conducir de noche y de día ir de pasajero siempre que tiene oportunidad porque aún sigue mirando por la ventanilla y maravillándose de la belleza del paisaje y los lugares como cuando era niño y desconocía a donde llevaban aquellos mundos fugaces de cosas, seres, animales, construcciones, que sólo duraban un segundo en su retina. Por eso al viajero le gusta viajar en tren, porque el viajero vuelve a sentir el abrigo de la infancia cuando mira un paisaje a través de la ventanilla de un coche sin sentir el frio del mundo adulto que siempre terminaba por colarse en la manta de la inocencia infantil…
 
Hacía dos años que el viajero no emprendía la ruta donde la Autovía Minera parece que haya estado ahí toda la vida cuando el viajero recuerda la apertura de los túneles de la carretera general y el avance que significaban. Carretera de túneles y mortal bajada que se tornaba en macabra subida al regreso. El viajero recuerda la muerte de un joven que sacó el carnet de moto a la vez con la diferencia de que el viajero cerró los ojos cuando se examinó y el chaval había sido motero desde crío. Viajaba con su hermana en la grupa, murió decapitado al chocar con un camión, esos camiones de aquellas carreteras asturianas, renqueantes y cargados hasta los topes que te hacía reducir a segunda y frenar para no comerte la defensa trasera. Sus padres tenían el Bar Semáforo y su funeral hizo que un cuélebre motero se desplazara a rendirle homenaje. El viajero nunca ha vuelto a subirse a una moto aunque le gustaría tener una Harley para recorrer la carretera…

Aparta el viajero pensamientos que le retrotraen al pasado, ese tipo de pasado brumoso donde el resultado es siempre el mismo: que gilipollas somos de jóvenes…
No es que el viajero se considere un gilipooooollas, pero sí que de joven hay una fase de gilipollez que sólo descubres décadas después cuando el ejercicio de mirar atrás es pausado, sereno y sin remordimientos ya que ser gilipollas de aquella no significaba más que simplemente eras inocente, éramos inocentes en cierto sentido y cuando ves juventud sonríes porque la gilipollez nunca muera y siga regenerándose instintivamente generación tras generación…

Considera el viajero que tiene pensamientos demasiado trascendentales y profundos para un viaje tan corto aunque el factor de ir a limpiar lápidas convierte todo en normal.

Acompaña al viajero un amigo, un buen tipo de esos que deberíamos tener el placer de conocer por ley en nuestro periplo vital. Es el técnico el limpiar lápidas, es conductor prudente y si bien no se prodiga en charlas, al menos cuando abre la boca no es un cretino.
El cementerio queda en la ruta de una ascensión, esas ascensiones que salpican las parroquias, de casas desvencijadas, de desvencijados moradores robinsones de una era desaparecida que te hace pensar que si Alejandro Casona viviera vería satisfecha su afán de venganza por la aldea perdida que la industria minera destruyó. En realidad el viajero cree que el escritor sentiría la misma pena al ver los restos del cadáver de la minería que busca refugio en el sector servicios y el turismo rural. Pero el viajero sabe los caminos que llevan a chamizos escavados en la dura roca, alguna historia de aquellas casas a pie de ladera, de siegas de prados con niveles de inclinación no aptos para el ciclismo en ruta…
El cementerio, a pie de carretera, donde normalmente puedes aparcar a la vera de la entrada e incluso meter el coche, está colapsado de utilitarios que serpentean aparcados como serpentea la carretera en su ascensión.

El viajero filosofa al bajar la carretera andando desde donde está aparcado el coche que cuando toque regresar la subida va a ser un rompe piernas, no tanto por el esfuerzo como por el calor que augura un cielo despejado con aire fresco y la multitud que pulula entre nichos y sepulturas con algún que otro panteón.
Antes de llegar, se hizo parada a coger flores, otra vertiente del negocio y alivio para las floristerías aunque el viajero considera absurdo gastar caudales en cosas que acaban muriendo atufando el ambiente y que cuando viven   antes de marchitarse te roban el oxígeno mientras duermes, pero a los difuntos les gustaban y acaba el viajero entrando partícipe en la liturgia del negocio de la muerte, uno de cuyos dogmas es que hay que comprar flores…

No es grande el cementerio aunque muestra una anarquía arquitectónica en su diseño y hay una explanada donde el viajero al pisar se percata de que está pisando sepulturas, de infantes en su mayoría a las que el paso y deterioro del tiempo han dejado en paisaje salvo alguna cruz que salpica la misma y te indica que hay alguien enterrado donde pisas. Fijándose tras la sensación macabra de pisar campo santo, el viajero se percata de que hay otros indicadores de que pisa muertos cuando perímetros de ladrillo erosionado que apenas sobresale unos pocos centímetros indican el contorno de una sepultura.

Enciende el viajero un cigarro mientras observa a personas afanarse en dejar a sus muertos con la sepultura adecentada, pero al final, como cada vez que debe ir al cementerio, termina paseando la mirada por los panteones. Piensa el viajero que un panteón sí es un lugar digno para venerar el recuerdo y el dolor de la ausencia de los seres queridos, conocidos y amados. Aunque le sobrecoge al viajero imaginarse a sí mismo en recogimiento de dolor en un panteón pudiendo imaginar la inmensa soledad que le embargaría, es mejor que el espectáculo de desconocidos alrededor de su recogimiento y desconocidos vecinos de nicho de los difuntos…
 
El viajero se sonríe recordando momentos de los dueños de los restos cuyas sepulturas el acompañante del viajero limpia a buen ritmo y sabiamente aconsejado por el viajero limpia y adecenta con presteza. El viajero lee para sí mismo los nombres de los difuntos y les dedica el recuerdo de algún momento pasado junto a ellos. Piensa el viajero que es el único homenaje decente que se les puede hacer por su parte aunque les recuerda que no le gustan los cementerios, no por su contenido pero sí por el vacío que emanan, no es un silencio de soledad, es un silencio de intrascendencia y percatarse por un momento que la vida tiene fin. Si estar vivo es amar entonces el recuerdo y las flores de pensamientos hacia quienes ya no están seguramente, opina el viajero, los cementerios son estériles como bálsamo.
Pero sabe el viajero que un día estará si sobrevive con la necesidad seguramente de buscar consuelo a la ausencia en ir a ver las lápidas de los seres queridos y llevarles flores. Es por ello que el viajero si rezara, rezaría para irse él primero…

El viajero y su acompañante regresan al coche y piensa que no ha sido una mala mañana de vísperas de difuntos, que las lápidas han quedado en estado de revista y que si lo pudieran agradecer, sus muertos estaría contentos de una vela encendida y flores, aunque el viajero opina que lo último que querrán los muertos será pasearse por sus tumbas y que por eso hay casas encantadas, edificios malditos y demás parafernalia del más allá…
 
El viajero disfruta reposadamente del regreso, no tan absorto en el paisaje como en los pensamientos que se arremolinan y siente cansancio, no el cansancio de limpiar lápidas, para eso estaba el acompañante, sino por que echar de menos siempre es cansado cuando suspiras por la lástima de que se fueran…
Llega el viajero a casa, ordena sus papeles, enciende un cigarrillo y deja que el recuerdo se eleve con el humo mientras regresa a su rutina vital y sale de la retina del dolor de la ausencia mientras un saxo languidece, igual que la Cuenca Minera de paredes desconchadas, vía de tren con paso a nivel y un soplo de aire de cementerio en el ambiente...
 
 

2011 junio 8

El viajero se levanta temprano y la noche de tertulia en el Savoy le pasa factura en forma de ojos irritados, cebollón neuronal y sueño. Prepara la maleta sin olvidar un libro, su fiel amiga la radio y un par de mudas, pantalón y sudadera por si el frio leonés hace acto de presencia. La noche anterior ha mirado la información meteorológica ,y como ocurre siempre, no le queda claro si hace mal o buen tiempo ya que el mapa televisivo pone en Asturias nubes con sol y lluvia, así es fácil acertar, y en tierras castellano leonesas la ciudad de León queda en ese limbo entre icono e icono infográfico recurriendo al viejo sistema de asomarse a la ventana para ver qué día hace…

 

El viajero viaja en buena compañía con lo que un fin de semana viajando a la comunidad autónoma vecina se convierte, al menos en teoría, en una dulce “luna de miel”. El plan de viaje es sencillo: ir a León ciudad, coger habitación y recorridos a pie hasta la catedral y casco antiguo con la perspectiva sorpresa para su acompañante de ir a visitar la Cueva de Valporquero, que aunque es conocida por el viajero en su época de estudiante, es desconocida para su acompañante.

 

El viajero come ligero para evitar ese dulce sopor inducido por la monotonía de la conducción por autopista y la barriga llena, disfrutando de la conversación con su acompañante y deleitándose con la belleza de sus ojos y su expresión a medio camino entre ilusión e intriga por conocer otro trocito de España lo que induce al viajero a fantasear con dulces retozones de fornicio.

 

 El viajero emprende el viaje con la ayuda inestimable de su GPS que marca una duración estimada de poco más de dos horas que nunca suele cumplirse porque el viajero es prudente al volante y siempre disfruta de la autovía de montaña camino de León amén de que el coche no deja de ser un utilitario y su motor no admite grandes velocidades, aunque la velocidad de crucero de 90-100 km/h la realiza sin problemas ni calentamiento del motor.

 

 El viajero piensa que el invento de la autovía es un gran invento pese a su origen nazi y no puede evitar pensar que es una pena que la Autovía Minera no se hubiera hecho décadas antes lo cual hubiera impulsado un desarrollo de la región más fuerte y menos vulnerable a las reconversiones pero mientras conduce camino de Mieres para enlazar con la Autovía del Huerna no puede evitar que su mente viaje al recuerdo de su infancia cuando camino de Blimea iba con sus padres y los viajes por cortos que fueran siempre eran un descubrimiento de paisajes a toda velocidad por las ventanillas del coche..

 

 El buen tiempo queda atrás tras entrar en tierras de Castilla León y nubes grises y densas dejan caer sus primeras gotas que terminan en auténtico diluvio torrencial que impiden ver el asfalto y el viajero reduce a cuarta y modera su velocidad porque no quiere morir absurdamente en la carretera junto a su acompañante.

 

 Hace más de dos décadas que el viajero no pasa por León y observa con el estado de ánimo de la nostalgia de cuando era joven que el entorno urbano de La Virgen del Camino ha cambiado para mejor y mira a su izquierda recordando cuando era soldado y le adiestraban en la base aérea de la localidad, coge la mano de su acompañante y su mente viaja al recuerdo de las tardes de permiso y las noches sin dormir que no dejaban secuelas porque el viajero era joven, soldado y la vida era una incógnita.

 

 El viajero conduce ya por la entrada a la ciudad y apenas reconoce el paisaje, con vía de circunvalación de dos carriles por sentido mientras espera que el GPS le indique la presencia de un hotel, no ha hecho reserva por Internet porque al viajero le gusta, siempre le gustó, esa incertidumbre de encontrar posada que hace sentir una mezcla de ansiedad e ilusión por acertar en la elección de hotel. El GPS lleva programado el centro de la ciudad y tiene la fortuna de encontrar un hostal a buen precio, con habitación libre para el viajero y su acompañante con aparcamiento enfrente del mismo y a cinco minutos a pie del centro.

 

 La habitación es confortable, de dimensiones ajustadas, televisión y wi-fi, pero aunque el viajero lleva su ordenador portátil presiente que tendrá pocas oportunidades para usarlo, lo ha llevado por inercia y porque a veces el viajero necesita escribir durante la noche cartas en una botella a las estrellas, pero el viajero sabe que su acompañante difícilmente entendería que prestara más atención al teclado que a ella.

 

 El viajero y su acompañante, tras instalarse, caminan hasta la catedral y sus aledaños recordando el viajero que la catedral de León siempre le gustó por la elegancia de sus líneas y la sobriedad de su interior. Al viajero le gusta que los aledaños de la catedral sean menos mercantilistas que en Santiago de Compostela porque, aunque no es creyente, sí respeta las creencias ajenas y no deja de parecer un parque de atracciones que la gente ande de aquí para allá rumiando en susurros y disparando continuos flashes de cámaras violando la paz y recogimiento de los templos catedralicios. En ese aspecto, la catedral de León permite apreciar la magnitud de la obra humana y respirar la densa atmósfera interior que proporciona la estructura. Pese a todo, no resulta una visita completa, están oficiando una ceremonia de boda y las salas y capillas de la parte del ábside se hallan cerradas al público y las palabras del oficiante, amplificadas por la megafonía, distorsionan el viaje interior del viajero y tras enseñarle la catedral, lo que se puede visitar, a su acompañante, decide salir al exterior ya que al viajero le interesa más descubrir los secretos de piedra que los misterios de ningún dios que diga un sacerdote. El viajero  es de la opinión de que la religión es sólo un negocio más y resultan demasiado humanas las religiones para ser divinas.

 

 Regresa el viajero y su acompañante por el casco viejo de la ciudad, callejuelas estrechas y amplias avenidas peatonales donde turistas y lugareños toman algo en la terraza. Se nota que es sábado y la chavalería invade las calles.

 

 El viajero siente el estómago pedir alimento y pese a las reticencias de su acompañante terminan cenando en la cafetería-restaurante del hostal. El viajero pide un plato combinado y su acompañante  melón con jamón. Pese a que al viajero le ha dicho su acompañante que no tiene mucho apetito, le termina cogiendo parte de su bistec a la plancha y la mayoría de la ensalada sin que por ello el viajero no se sienta pleno y satisfecho. 

 

 Cae la noche de sábado y el viajero antes de dormirse no puede evitar recordar otras habitaciones de otros hoteles y hostales y le embarga esa dulce sensación de sentirse fuera de la rutina y añora la burbuja que le aísla de lo terrenal pero cuya presencia es constante y el viajero termina por poner muy baja de volumen la radio para no despertar a su acompañante, terminando por dormirse ya empezado el domingo…

 

 El viajero ha dormido plácidamente aunque encuentra la almohada demasiado baja para su gusto pero agusto con su acompañante. Hace un día despejado y almorzar entre la charla propicia ese estado de ánimo dominguero que invita a la siesta tras una opípara comida esperando que San Lorenzo, ¡cómo añora el viajero la playa del mismo nombre envuelto en la burbuja!, deje de pegar tan fuerte.

 

 Salen el viajero y su acompañante a pasear por las calles aledañas al centro y el rostro de la crisis económica muestra sus cicatrices en forma de locales cerrados, casas en venta y negocios que se alquilan. Sin embargo el ambiente es tranquilo con gente chumando, jóvenes alborozados y guiris cenando en las terrazas.

Siente el viajero ese tétrico aíre de los domingos al oscurecer y le embarga un instante de felicidad al pensar que el lunes se prolonga su fin de semana y piensa en aprovechar la mañana para visitar la cueva y regresar tras su visita…

 

 El viajero y su acompañante se levantan temprano el lunes y abandonan la habitación aunque el viajero posa por última vez su mirada en la habitación como quien se despide de un barco al zarpar preguntándose si volverá a verlo.

 

 El viajero y su acompañante reponen fuerzas con un completo desayuno pese a que el croasán no es mucho de su agrado pero que entra bien con el zumo de naranja.

 

Tras el desayuno, el viajero mete “Valporquero” en su GPS y una vez instalada su acompañante emprende lo que espera sea un trayecto de 50 km.

Dos horas y media después el viajero se caga en todos los santos y creadores del GPS cuando respira aliviado al ver a un lugareño en aquel páramo solitario leonés donde le ha llevado el puto GPS.

El viajero pregunta al lugareño, mayor de piel curtida y anciano moribundo si fuera urbanita, sorprendiendo al viajero y su acompañante con unos conocimientos de geografía leonesa digna de concurso televisivo de sapiencia geográfica, e incapaz de retener los datos decide, ante la mirada mezcla de hastío, pasmo y sopor de su acompañante, meter la última localidad que cita el lugareño en el jodido GPS, re3zando para sus adentros que no le lleve a otro extremo de la comarca.

 

Finalmente, cuarenta kilómetros después, encuentra el viajero la localidad y aparecen de una puta vez indicadores de la cueva emprendiendo el viajero un ascenso por parajes megalíticos vigilando la temperatura del coche ante la escalada por “curvas del coño”, llamadas así porque una vez que acabas su trazada curvilínea dices “coooño”, llegando finalmente al lacustre entorno de la cueva.

 

 El viajero se ve en la tesitura de decidir junto a su acompañante si escoger la excursión de corto recorrido que empieza dentro de una hora o esperar a las 16:30 hora zulú para la de larga duración, escogiendo finalmente la de corta duración y se toman un café mientras esperan.

 

 El viajero tiene gratos recuerdos de sus anteriores visitas a la cueva y espera que su acompañante, que nunca ha visitado una cueva, se sorprenda ante la magnificencia de la catedral de roca que es la misma.

 

 Recordaba el viajero, o cree recordar, que hacía más frio en el interior del que siente, aunque la humedad es la recordada y la sorpresa ante la elaboración fluvial de la bóveda sigue dejando paso a la admiración telúrica de creatividad de la naturaleza y el viajero sigue sorprendiéndose en la galería del cementerio con el bloque desprendido del techo hace 500.000 años y donde se aprecia el rostro del llamado “fantasma” que realmente parece un fantasmagórico rostro.

 

 El viajero emprende el regreso y al recorrer los parajes por donde le guía el jodido GPS le viene a la mente el pensamiento de que siempre fue algo gilipollas y, como alguien suele decirle, que es algo capullo ya que la cueva queda más cerca de Asturias de lo que pensaba y se acuerda del rodeo que realizó desde león capital cuando si se hubiera dirigido en dirección al puerto de Pajares desde un principio, hubiera llegado primero.

 

 Pero el viajero está satisfecho, ha vuelto a un lugar de su pasado, ha impresionado a su acompañante con la visita a la cueva y pese a la niebla espesa y lluvia que hubo durante el descenso del puerto quedará un buen recuerdo de su viaje.

 

 El viajero mira el familiar paisaje asturiano mientras enciende un cigarrillo, cierra los ojos y deja que la reconfortante burbuja que le protege de la rutina le empape mientras suena un blues…